12 de mayo de 2014

Cuando la Historia se pone interesante

Cuando se trata de biografías, he de andarme con cuidado para no adquirir un libro insoportable (por tedioso), plagado de datos y datos sin una estructura digerible que invite al disfrute de la lectura. Tal vez por dicha razón mi gusto se inclinó más por las Letras (que también tiene sus detalles) que por la Historia.
         Si bien mi gusto por la segunda no mengua (porque es indispensable tener una cultura general y más cuando se trata de historia nacional), tengo predilección por las biografías noveladas o las memorias que, aunque no son propiamente historia por no ceñirse a hechos comprobables, basan la trama en datos sustentados por esta rama de las Humanidades a la que pocos que recurren por “prejuicio”.
         Uno de los primeros diez libros que leí como adolescente fue Memorias de Cleopatra, de la historiadora Margaret George, quien llena con ficción (muy detallada) el vacío dejado por los hechos comprobables a tal grado de poner en boca de Cleopatra las palabras: “Tranquilo, corazón. Obedéceme y detente, pues ya he terminado”.
         Más tarde descubriría Noticias del imperio, del escritor Fernando del Paso, con ese lenguaje tan rico para crear frases como “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira”.
         Con el tiempo llegaría a mis manos Flush, una biografía, de la escritora Virginia Woolf, quien experimenta con este género desde la visión de un perro para abrir al lector una nueva perspectiva de lo que implican las memorias. Y así fui encontrando diversas expresiones del género que me llevaban desde los best-sellers como Azteca, de Gary Jennings, hasta estudios completísimos (y también tendenciosos) como Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, del Nobel Octavio Paz.
         Sin embargo, ninguno de los libros consultados hasta hace unos días me atrapó de tal manera como Luis Moya. El revolucionario y una retrospectiva de familia (Texere Editores, 2014), de Santiago Delgado Prado y Eleazar Díaz León. Debo confesar que comencé la lectura con ciertos prejuicios, en especial porque habla de un periodo que, en lo personal, me parece denso y, a pesar de ello, fundamental para entender nuestro presente como mexicanos.
         Pero conforme avanzaba en la lectura, me vi envuelto en sus páginas y aunque fueran las dos de la mañana, me decía “un capítulo más”. ¿Qué me atrapó? En primera instancia, la historia de Luis Moya se nos presenta en un lenguaje coloquial, entre oral y poético, que involucra al lector en lo que se está narrando. Por supuesto, hay datos esenciales que nunca se deben pasar por alto cuando se escribe una biografía. Ahí están, ocultos en sus páginas, sin invadir la historia del personaje revolucionario.
         ¿Por qué resaltar esto? Porque pudo haber sido un texto “científico” dirigido solamente a docentes investigadores, pero acerca la historia (el pasado) a un público más amplio, aquél que evita la lectura cuando, tratándose de historia, también tiene el prejuicio de estar frente a un listado de fechas y acontecimientos “sin sazón” para ser digeridos y asimilados.
         En Luis Moya, el lector también tiene la posibilidad de llenar los espacios en blanco dejados por la historia, como sugieren los autores respecto a la muerte de este zacatecano que, mucho antes de la Toma de Zacatecas (cuyo centenario celebraremos este año), ya había tomado posesión de las campanas de Catedral con una tropa mucho menos espectacular de lo que fue el ejército revolucionario en la gesta de 1914.
         El plus de este trabajo realizado por Santiago Delgado y Eleazar Díaz lo conforma un recetario perteneciente a las mujeres de la familia de Luis Moya, con platillos que, además, daban cuenta del nivel de vida que tenía el personaje revolucionario biografiado. A través de las páginas del libro, uno puede imaginarse a Luis Moya degustando unas galletas rogadas sopeadas en atole de cajeta de leche el día que visitó a su hija Amalia, ese Domingo de Ramos en que Zacatecas fue tomada por las tropas de Luis Moya en 1911.
         Para completar este trabajo que debió costar años de investigación, los autores nos ofrecen una selección fotográfica de los objetos (“tesoros”) de los descendientes de Luis Moya, cuyo árbol genealógico también se incluye.

         ¿Qué puede esperar el lector? Una buena historia, con pasajes reflexivos y otros más jocosos, que en conjunto nos invitan a indagar en un pasado retratado más en los corridos revolucionarios que las páginas de un libro.

1 comentario:

  1. Muy buena reseña Heraclio: reflejas en pocas palabras la esencia de ese libro tan bonito. Atentamente: Mamá Cuervo.

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