1 de enero de 2019

1. El umbral


He ahogado los sueños en alcohol el tiempo suficiente para convertirlos en pequeñas frustraciones del día a día. No me arrepiento, no cuando la vida te curte con violencia y escribe tu nombre sobre el agua. El autosabotaje tiene varios matices que a menudo son difíciles de asimilar, en especial para quienes viven a la expectativa, con esperanza, ilusionados, en espera de un mejor porvenir. El optimismo no forma parte de mí porque se piensan los pasos en relación con el destino y no sobre la marcha, a corto plazo. El primer paso puede ser el último si se va demasiado aprisa.

         Sin embargo, me entrego al correr de las horas que se escapan sin punto de retorno y dejo que el azar (o la desidia) tome la ruta que más plazca porque no tengo la fuerza para decidir por mí y para mí. Una vez tomado un camino me dispongo a vivir lo que pueda soportar. El poder de decidir escapa a mi fuerza de voluntad y esa carga de responsabilidad me sobrepasa, debo reconocerlo.
         Tal vez haya quien no entienda mi lógica de pensamiento, pero no pueden ponerse en mis zapatos porque camino descalza a pesar de las espinas en los senderos por los que transito. Andar con calzado, independientemente del camino, haría la vida de cualquiera más fácil, una vida de privilegio que no permite aprender de los golpes de la vida. Podría parecer una especie de invocación al martirio, un suplicio voluntario que se anhela con un propósito banal y, quizás, por vanidad. Pero pocos llegan a este camino por voluntad.
         Habrá quien piense que esta aparente amargura es producto de una serie de malas experiencias en el amor, pero el amor es algo más que una buena o mala experiencia. Alguna vez amé, lo que se dice amar, y puse todo mi empeño en ello, pero hace falta tomar distancia para ver las cosas en perspectiva. Fue una década bajo una dinámica poco saludable para ambas partes y, a pesar de todo, transcurrieron diez años en los que nada aprendimos del amor hasta llegado el día en que cada quien tomó un camino diferente.
         Ese día, una década después, aprendimos la primera lección sobre el amor: produce frutos cuando la química deriva en tres esencias, pero marchita y envenena en el momento en que una somete a la otra, pues implica la desaparición de una de las dos esencias, incluso cuando son tan similares. La afinidad no debe traducirse en amor pues se corre el riesgo de desaparecer.
         Hay quien cuestiona que diluya mi esencia en alcohol, pero el alcohol crea maravillosos cocteles que alteran la perspectiva sobre el mundo. Decía William Blake que “el sendero del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. De ser así, mi nombre es un exceso (uno de tantos) que puede evaporarse a la primera epifanía. Soy frágil, verdad efímera, pero me aferro a la existencia aunque implique abandonarme al azar del tiempo. Soy y en el umbral del mundo me repito: “este es mi silencio”.

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