25 de enero de 2019

25. La violencia


La sola palabra nos lleva a pensar en lo inmediato en una agresión de carácter físico. Un rostro con indicios, impresa una paleta de colores en rojo, púrpura, morado, naranja, ocre. Curioso que el rostro en el que pensamos varía en sus detalles de acuerdo a nuestra propia circunstancia. Y, sin embargo, sigue siendo el referente más inmediato que tenemos sobre la palabra “violencia”.

         Decía Virginia Woolf en uno de sus tantos ensayos que la violencia existe porque la humanidad escucha demasiado tiempo sus latidos, en un ritmo primitivo, salvaje, instintivo. Una violencia que cedería de escuchar en las calles sonidos armónicos que nos llevaran a cierto compás y, de manera inconsciente, nos condujeran a relaciones menos agresivas y más pacíficas.
         En parte tenía razón. La violencia es una de tantas manifestaciones del caos en nuestro entorno. Es un ritmo que rompe con la aparente estabilidad y armonía que refleja el orden y nos llena de impulsos vinculados con aquellos apetitos (pasiones, motivaciones, deseos, pulsaciones) que yacen en el subconsciente. La violencia es reflejo de eso que reprimimos y que no hemos podido entender, asimilar y trascender.
         Sin embargo, olvidamos que la violencia no es una sola, sino que existen múltiples formas, cada una bajo una dinámica propia, pero no por ello menos graves. Vivir en un entorno violento, a la larga, puede conducir a la pérdida de sí mismo, pero solo con la violencia psicológica el individuo llega a perder su humanidad y esta pérdida se expresa en varias formas.
         Si mis lectores pudieran verme físicamente y franquear esta barrera de ficción, apreciarían en mis brazos las secuelas de una violencia mental en la que he vivido sumergida el tiempo suficiente para estar muerta. Cuando alguien quería ahondar en mis pensamientos, en mis emociones, en mi vida, mi respuesta siempre fue: “me querrás con cicatrices porque antes de ti hubo una historia y ni tú ni yo borraremos lo que he sido”.
         La violencia deja huellas y es en vano el intento por borrarlas. Esas huellas nos permiten recordar que la vida duele y que la ausencia de dolor es carencia de aprendizaje. Algunos asimilan esta violencia de una manera autodestructiva, como es mi caso, como es el caso de Ana y los hijos de Ana. Es una violencia que horada el pensamiento y corroe la propia identidad para convertirnos en poco menos que un despojo.
         La vida en la violencia puede matar de muchas formas, todas inmersas en relaciones de poder que pueden prolongar (o no) el momento de la muerte. Cuando se es víctima de una violencia psicológica, la muerte espiritual y mental puede ocurrir mucho antes que la muerte del cuerpo. Las huellas permanecen ancladas en la mirada.
         La clave siempre está en los ojos.

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