27 de enero de 2019

27. El destino


Era una madrugada de un 27 de enero, hace varios años ya. Me hundía en el alcohol para afrontar una nueva crisis, tal vez la más dura que he experimentado, cuando llegó a mi mesa y tomó asiento. Nadie sospechaba lo que escondían sus ojos y lo que ocurriría minutos después.

         Como un caballero, se ofreció a llevarme a mi casa. Pero al subir al auto las cosas cambiaron demasiado. Una plática banal se tornó en discusión violenta mientras cruzábamos el bulevar a alta velocidad (casi el doble del límite legal) y en un punto gritó con furia: “vamos a ver si Dios existe”.
         Aceleró aún más y soltó el volante. Las luces de la calle giraron. Escuché el sonido de las llantas, el motor, el camellón que se partía con el peso del vehículo y luego el duro golpe contra un poste al otro extremo de la acera. Mi mente se nubló algunos minutos, un tiempo en el que alguien llamó a los servicios de emergencias y al despertar ya estaban ahí las ambulancias y elementos de transito para auxiliarnos.
         En mi ebriedad, el instinto me hizo abrocharme el cinturón de seguridad cuando la discusión se tornó violenta. Ese acto tan simple me salvó la vida. De no haberlo hecho, mi cuerpo hubiera salido disparado por el parabrisas y no estaría escribiendo estas líneas en este momento. Pero sobrevivir cuando deseas la muerte es quizá peor que la muerte en sí.
         Es curioso que hay quien piensa que el destino está escrito en las líneas de las manos y que cambian conforme las experiencias y decisiones tomadas en la vida. En las palmas de mis manos, la línea de la vida se corta en un punto y continúa después, alejada del resto de las líneas. Ese accidente en el que debí morir representa ese corte de líneas en las palmas de mis manos.
         Hubo un antes, con líneas turbulentas y muchas ramificaciones. Hubo un después, con líneas apenas perceptibles, aisladas, pero extensas. La línea del corazón ahí desaparece. Lo demás es un espacio en blanco donde el destino se evitó la molestia de preparar una urdimbre para mí.
         Y aquí estoy, sentada al borde de la locura, con la experiencia de ser sobreviviente cuando carezco de voluntad para vivir y para existir. Desde entonces he sido una especie de sombra que ocupa un espacio y un tiempo en este mundo, recluida en mis lagunas mentales porque la realidad me altera.
         Uno debería ser dueño de su propio destino, aunque siempre existen factores externos que nos moldean a su antojo. Somos títeres de algo más grande que juega con nosotros y luego se olvida, dejándonos a la deriva, y al cabo del tiempo vuelve a tomar los hilos y nos conduce a experiencias cada vez más abyectas.
         Nuestra vida es un juego para alguien más.

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