26 de octubre de 2019

238. La calidez (II)


Los extremos siempre resultan peligrosos, aunque con frecuencia lo advertimos ya demasiado tarde. Ha pasado con el llamado “cambio climático” y aún hay quien está cegado por la ambición antes que reconocer el gran problema que enfrentamos. Este daño a la Madre Tierra ha hecho más extremo el cambio de estaciones, con consecuencias funestas para la humanidad.

         ¿Por qué hablo del cambio climático cuando el tema de esta entrada debería ser la calidez? Porque entre las relaciones humanas también encontramos a personas que llevan a vínculos extremos, hoy clasificados como tóxicos, por el daño que provocan, y aunque la calidez la pensamos más como una temperatura, también implica una sensación de confort y bienestar en relación con “el otro”.
         Cuando los políticos se refieren a “la calidez de la gente”, en el fondo sabemos que es demagogia, aunque la expresión encierra una verdad: la gente que habita en ciertos lugares vive bajo determinadas circunstancias que les mueven a un trato más cálido, ameno, de confort, en sus relaciones cotidianas y esa calidez es algo que les caracteriza mientras existan esas circunstancias que lo fomenten.
         Dirán que estoy loca, pero a veces miro en perspectiva algunos hechos históricos para reflexionar sobre los cambios de nuestras sociedades y en el caso de la calidez, me viene a la mente un ejemplo muy simple.
         Durante el siglo XX los Estados Unidos se vendió al mundo con una imagen de ser la tierra de oportunidades, el llamado “sueño de americano” que motivó la migración de miles de personas que fueron bien recibidas en esa nación, más por conveniencia económica para detonar la industria que por verdadera solidaridad después de la gran catástrofe de la Guerra Mundial.
         Resulta curioso que esa calidez que caracterizó a Estados Unidos en algún tiempo se transformó en una xenofobia y un rechazo a la migración durante el siglo XXI, un odio más acentuado una vez que Donald Trump llegó a la Presidencia, alebrestando corazones con un discurso de odio que llevó las relaciones sociales a los extremos.
         La misma circunstancia viven muchos países alrededor del mundo y en gran parte se debe a la idea de individualidad, más que una colectividad. Pensar como una colectividad, como una comuna, nos permite imaginar una serie de circunstancias y relaciones que generan bienestar, la calidez anhelada que despierta confort.
         Viví esos tiempos, pero tengo que asumir que aquella época no volverá, no será más. Al menos pude conocer lo que era la verdadera calidez de la gente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario