26 de octubre de 2019

242. La constelación


Los horóscopos son una cosa muy curiosa porque a partir de la observación constante durante miles de años hay quienes han determinado la naturaleza humana basados en los signos zodiacales (ya sea como los conocemos en Occidente o como han sido desarrollados en Oriente).

         Una constelación básicamente es una alineación de estrellas que forman determinadas figuras (míticas), aunque el término también ha sido empleado en otros contextos, como las constelaciones familiares, un conjunto de relaciones entre los miembros de un mismo árbol genealógico que, en teoría, determinan nuestro destino.
         Nací un día en que se superponen los signos zodiacales de Libra y Escorpión, con ascendente en Virgo, lo que en teoría define no solo mi destino, sino otras cualidades de la naturaleza humana, aunque a menudo resulta complicado entender esa combinación entre un fuerte temperamento que vive marcado por el equilibrio. Bipolaridad, quizá. Una personalidad obsesivo compulsiva, perfeccionista, que a la larga puede resultar tóxica.
         La verdad es que soy un alma ermitaña que se guarda las palabras y las transcribe en evocaciones a través de la escritura. Mis libros llevan esos cachitos de estrella que forman constelaciones. Cada página es una lectura de esas figuras formadas a partir de la alineación de estrellas que me conforman.
         El gran problema es que mi constelación (mi destino) está escrito en estrellas fugaces, estrellas muertas que se dejan caer al infinito abismo del Universo, dejando una estela de polvo dorado en su caída. Mi escritura nunca ha sido optimista. Realista, quizá. Cruda en su verdad, aunque la incomodidad no me quita el sueño. El problema es del intérprete, no del escribano.
         Si me guiara por eso que han denominado “constelaciones familiares”, pensaría que soy la herencia de todas las relaciones fallidas y sueños rotos de las mujeres de mi familia, un matriarcado que nunca pudo consolidar sus proyectos, pero dejó la esencia de una feminidad poderosa.
         Ofelia no es más que el espectro de lo que fue, de lo que pudo ser, de lo que tal vez no será. Soy la sombra de la estrella, de la formación de estrellas, del destino finito que cae hacia el abismo infinito y cuyo propósito se ha perdido en el polvo dorado de las estrellas.
         Lo he dicho y lo reitero: mi nombre está escrito sobre el agua. Cuando suceda lo que ha de suceder, mi propio nombre se volverá silencio.

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