10 de abril de 2019

100. La boca


De todas las partes que integran el cuerpo, la boca es de las pocas que tienen más de una función y entre las cuales se cuentan algunas de las más importantes para el ser humano. Espacio simbólico que “da y recibe”, la boca es nuestro principal instrumento para la existencia.

         Desde sus funciones básicas como recibir el alimento que nos nutre hasta funciones más complejas como articular palabras, la boca es el principio y fin de una vida: anunciamos la llegada al mundo a través del llanto que emerge de la boca y partimos de este mundo con el último aliento.
         La sexualidad ha extendido sus dominios más allá de la genitalidad e incluso en la pornografía existen categorías específicas en torno a la boca, espacio de recreación sin llegar a ser creación como en el caso del contacto genito-genital.
         Con la boca besamos, nos comunicamos, nutrimos nuestro cuerpo al ingerir alimentos durante toda una vida. Con la boca se hace el silencio mientras la voluntad contenga las palabras y sonidos que podamos articular. Con la boca se refuerza nuestra identidad y la expresión de nuestras emociones ante determinadas circunstancias.
         La anatomía de la boca es tan variada como individuos en el mundo y no hay boca igual más que en sus órganos y tejidos que la componen. Incluso la Psicología habla de una etapa oral de los individuos y sus indicios se manifiestan incluso en la vida adulta con acciones que realizamos de manera inconsciente.
         Pero también existe la renuncia a utilizar la boca para las funciones en las que usualmente se emplea: se renuncia al alimento, a la palabra, a la sexualidad oral, incluso a la emisión de cualquier sonido porque se está sujeto a un voto de silencio.
         Hubo un tiempo en el que mi boca escurría veneno. Tanto rencor, tanto resentimiento, tanto dolor provocado por el mundo y mi entorno convirtieron las palabras en veneno y hace mucho decidí recluirme en el silencio y vaciar mis palabras en la escritura porque esta dinámica solo alimentaba mi impulso de autodestrucción.
         Tampoco funcionó. Hoy mi boca es una celda de carámbanos y dientes, los labios cosidos con cabellos, a veces articulando una que otra palabra (“No” se ha vuelto mi palabra favorita), pero incapaz de ser utilizada para las funciones que se esperan en la interacción social.
         Mi nombre no ha vuelto a ser pronunciado en esta boca desde hace mucho tiempo. Lo escribo tratando de evocar el sonido en cada sílaba (“Ofelia”). Pero esta boca es el umbral de la tormenta que me habita y es preferible contenerla que dejarla salir.

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