11 de mayo de 2019

131. La ausencia


Fueron cientos. Marcharon con pancartas, con fotografías, con fragmentos de otras vidas entre las manos. Lloraban. Andaban en silencio, bajo el ardiente sol de la primavera, algunos con sombrillas y sombreros para aminorar la fuerza del sol que se impactaba sobre la piel. Eran las madres de hijos ausentes, reportados como desaparecidos, sin un indicio sobre su persona.

         La ausencia cala hondo cuando el corazón y la memoria se aferran a un vínculo con la sombra de quien fue y hoy no está, aún con la esperanza de que vuelvan a verse los ojos que por tanto tiempo se contemplaron. Pero los ojos vivos también están ausentes, pensando y evocando los ojos que no han vuelto a ver.
         Era un 10 de mayo. Su dolor de madre contrastaba con otras madres celebrando su día en amenos convivios con música y poesía. Pero su silencio imponía, se abría paso entre las calles, cargando entre sus manos la ausencia que había abierto una grieta en sus vidas.
         La ausencia, vista así, deja vacíos en el entramado de la vida, como puntos sueltos que amenazaran con deshacer toda la urdimbre. La ausencia es incertidumbre, carcome, lastima, sustituye la sangre de las venas por un eco infinito de quien ha dejado ese vacío.
         Hay ausencias que vienen con la muerte. La persona que cruza el umbral deja esa oquedad en la vida de quienes quedan, y aunque ese vacío desaparezca al cabo del tiempo, durante ese lapso la ausencia cala y genera experiencias negativas que, aunque curten, no son deseables porque uno corre el riesgo de perderse.
         Sin embargo la ausencia creada por la persona que no está, pero se desconoce sobre su paradero, incluso si permanece viva o ha fallecido porque no hay un cuerpo para amortajarlo, genera una incertidumbre corrosiva que amenaza la cordura y la existencia.
         Una vida con la sensación de ausencia permanente es como si el reloj se hubiera detenido en un punto y no caminara más. Curiosamente solo se manifiesta con aquellas personas que hemos generado fuertes vínculos, como un hilo atado entre ambos que se mantuviera tenso, sin saber dónde está el otro extremo.
         Quisiera decir que tengo la empatía suficiente para haber experimentado aunque fuera una sola vez la ausencia de otra persona y añorar su presencia. La única ausencia que me pesa es la falta de voluntad para vivir y para existir, porque prolongan esta incertidumbre sobre la duración de la vida, una vida que partirá en silencio, sin pies para seguirme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario