13 de mayo de 2019

133. El encanto


Sustantivo, adjetivo o adverbio, el encanto puede funcionar para las tres y en cada una adquiere connotaciones diferentes. En general entendemos el encanto como un artificio para atraer o embelesar a un “otro”, independientemente de que haya una segunda intención intertextual, no revelada de forma explícita o manifiesta en primer plano.

         Y sin embargo separar el encanto de lo que configura a una persona es más complicado de lo que parece. Cada individuo viene (es traído) al mundo con un cierto encanto como una herramienta para persuadir o atraer a los “otros9 y generar una complicidad en torno a intereses propios.
         El encanto puede referirse a ciertas cualidades de una persona que generan atracción sobre los “otros”, una especie de encantamiento que podríamos creer sobrenatural en otra época, pero que atienden a una lógica interna, a una psicología que puede explicar por qué determinadas lecturas de una persona nos resultan encantadoras o atractivas.
         De hecho una de las acepciones del encanto se refiere al atractivo físico de una persona y esa conexión se vuelve más fuerte e intensa cuando el vínculo involucra deseos y aspiraciones propias. Pensemos en alguien con un fetichismo, algo básico, como la atracción por los pies.
         Alguien que posea el encanto de unos pies atractivos para un “otro” establecerá cierto vínculo que, conforme se acentúe la dinámica, impedirá salir del círculo de dependencia sobre la atracción. Pensaríamos en la posibilidad de poderes mágicos, aunque realmente se trata de una cualidad física de quien atrae y produce el encanto.
         Se trata de ganar la voluntad de alguien por dones naturales como la hermosura, la gracia, la simpatía o el talento, cualidades que pueden llevar a entretener al “otro” con razones aparentes o engañosas y aprovecharse de ese estímulo en la psique de quien recibe el estímulo del encanto.
         Alguna vez fui joven. No era bella lo que se dice hermosa, pero tenía mis cualidades. Encantos, quizá, para quienes tenían tan baja autoestima que se dejaban manipular por mis palabras. Y no se trataba siquiera de un hechizo mítico como la Circe retratada en la Ilíada y la Odisea. Era mi capacidad discursiva y de persuasión.
         Pero la palabra es efímera y el encanto que tal vez pude desplegar en una urdimbre con puntadas de fantasía en algún punto desaparecerá, cuando suceda lo que ha de suceder, en el momento que mi nombre vuelva al silencio del que vino.

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