23 de mayo de 2019

142. El mercado


Quien viaja y no visita el mercado local no termina de conocer un lugar. Se trata de espacios tan emblemáticos como la iglesia de un pueblo, la plaza pública o el edificio de un ayuntamiento, aunque solo en el mercado encontramos los elementos que caracterizan la vida cotidiana de quienes habitan en dicho lugar.

         Me parece muy curioso cómo en la antigüedad los pueblos americanos, antes de la llamada Conquista, ya contaban con espacios públicos destinados a la exhibición, intercambio y venta de mercancías, tal como existían en el mundo occidental antiguo (Mesopotamia, Grecia, Roma, Egipto...), lugares a donde incluso llegaban artículos provenientes de otras tierras y eran considerados exóticos.
         Aunque han variado con el tiempo, los mercados conservan su esencia. Actualmente podrían dividirse en tres tipos: los mercados tradicionales en plazas públicas, itinerantes, mejor conocidos como “tianguis” o “sobre ruedas”; los mercados establecidos en un inmueble específicamente destinado a la exhibición y venta de mercancías (principalmente alimentos); y los mercados de suvenires donde el turismo puede adquirir artículos tradicionales, de manufactura local (artesanías) o antigüedades.
         En mi vida he visto muchos mercados, de muchos tipos, con toda la diversidad de productos que ofrece cada lugar, llenos de aromas, colores y sabores, en una rica experiencia que nubla los sentidos hasta caer en una especie de trance mientras se asimila la esencia de un pueblo a través de lo que produce la tierra.
         Y aunque los mercados tienen todo para ofrecer (y uno puede encontrar de todo), hay cierta tendencia al abandono por la sustitución de estos espacios tradicionales por grandes cadenas de supermercados donde se exhibe la mercancía en grandes vitrinas refrigeradas, en envasada en porciones, acumulando demasiados residuos plásticos que terminarán en el mar.
         Una dinámica se agrega a este fenómeno: en los mercados tradicionales ya casi solo asiste la población adulta mayor, mientras que las nuevas generaciones han cambiado la frescura de estos espacios por el sabor de los alimentos congelados. Una pena si consideramos que no solo se pierde calidad en los productos; el abandono de los mercados es condenar al olvido las tradiciones que nos han dado identidad en nuestra vida cotidiana.
         Incluso en mis días más grises, una visita al mercado me cambia las horas subsecuentes. El colorido, los aromas y sabores que se exhiben en grandes canastas y rejas de madera son un aliciente, una motivación para lo que sea que signifique la vida. Y por un momento, solo un instante, mi vida tiene sentido más allá del silencio cotidiano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario