14 de noviembre de 2019

271. El espectáculo


Algunos se preguntarán qué tipo de bar frecuento, recluida en las sombras de la misma mesa desde hace ya algunos años para leer el destino de rostros que no conozco. Se llama “Vitalis” y cada noche, al dar la medianoche, el ámbar de las lámparas cambia por un tornasol multicolor, música estridente y mucho maquillaje y lentejuela.

         Puede decirse que ya soy una reliquia en este lugar. He visto gente llegar y retirarse a nuevos horizontes con el tiempo. He conocido historias de amor y desamor. He atestiguado la naturaleza humana que se permite ser más allá de aparentar. Aquí soy “Mamá Felia” y me he convertido en matriarca que ofrece consejo, pero no amor.
         Hubo alguien que durante varios años llenó el escenario con su presencia y atraía a multitudes. Una drag queen que se formó en las calles. Una artista del escenario sin tener una gran voz. Cada noche realizaba un ritual de maquillaje y lentejuela, de tacones de plataforma y pelucas voluminosas.
         Su primera noche, Nina era un manojo de nervios. Vomitó tres veces mientras creaba el artificio frente al espejo, con enormes pestañas postizas que terminaban en la punta con delicadas plumas multicolor, sombras metálicas en magenta y amarillo, uñas largas como cuchillas y esponjas de varias formas por doquier.
         Han pasado casi tres décadas desde aquella noche en que Nina salió al escenario con aquel escote a los primeros acordes de “You think you're a man” y esa energía característica de Divine, diosa de la noche. Su lengua viperina se desbocó al primer coro que desató la euforia en aquel antro de mesas de plástico barato y aroma rancio pegado sobre la duela.
         Nina se convirtió en la principal atracción del bar, que con los años atrajo a cada vez más multitudes y cambió de simple losa de cemento a mosaicos de luz multicolor, mobiliario más fino e incluso llegaron a servir los cocteles en copas y vasos apropiados a cada bebida que los simples vasos desechables cuando recién abrió sus puertas.
         Nina se convirtió en leyenda hasta su muerte. Muchas otras han seguido sus pasos, pero nadie como ella, cuya presencia, incluso sin movimiento ni voz, llenaba el escenario y desataba la euforia de un público ávido de espectáculo. Nina era la emoción de miles de voces condensada en una sola silueta cuya sombra siempre ocultó su historia bajo capas de maquillaje y lentejuela.
         Fui su única confesora, Mamá Felia, y su secreto morirá conmigo cuando suceda lo que ha de suceder.

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