Es casi inevitable generar
expectativas cuando se piensa en los diferentes vínculos creados en el
transcurso de la vida. Por mínima que sea la posibilidad de que ocurra, esa
misma posibilidad alimenta la expectativa, más cuando existe es impulso que nos
mantiene en movimiento, llámese inspiración, motivación, pasión, pulsión,
deseo, ilusión.
No
soy ajena a esos sentimientos. En mi vida he experimentado en numerosas
ocasiones ese impulso que me lleva a aferrarme a vínculos que son posibles,
aunque no certeros. Mi estado actual es consecuencia de la desilusión por
haberme generado tales expectativas, pérdida que me mantiene en una especie de
duelo permanente.
Esperaba
manifestaciones de bondad en la humanidad y fue más frecuente la expresión de
la violencia. Quisiera pensar que ese ha sido mi destino, pero también quiero
creer que existe algo más, que la existencia puede ser independiente a los
hilos que nos manejan.
Tanta
desilusión con tanta frecuencia me condujo a la orilla del abismo donde no
queda más expectativa. Si tuvieran estos ojos que han mirado tanto quizás
entenderían este impulso suicida para abandonar lo que queda de mi existencia.
Me
reconozco incapaz de evitar la generación de expectativas porque hay cierto
grado de esperanza en ellas, esperanza y fe en que esta realidad ajustada a mi
entorno cambie. Pero esta urdimbre ya está demasiado empapada en alcohol, con
puntos sueltos que jamás aprendí a reparar.
Ya
lo he dicho en otras páginas: uno vive lo que puede soportar. Sin ilusión o
ante un exceso de desilusión, poco queda para mantenerse en vida. Tanta pérdida
en todos estos años me ha endurecido para afrontar lo que ha de venir, con una
piel curtida por las huellas de batalla, ese cúmulo de experiencias que te
enseñan que la vida duele.
Hay
ocasiones en las que estos ojos color de nube se quieren dar por vencidos y
cerrarse a cualquier experiencia porque ya no soportan más dolor. Me he
mantenido en vida porque aún queda esperanza, pero esta vida ha transcurrido en
el exilio, alejada del mundo y su propia realidad.
Escribo
esto en la comodidad de mis sombras, porque el ruido de la civilización me
impide escuchar lo que tengo que decir. Sé que yo también he de ser una
desilusión para otros, aquellos que habían formado expectativas en torno a mi
persona. Qué pena.
Seguiré
siendo lo que soy, una escoria, sin cambiar para atender a una ilusión ajena.
Soy Ofelia y mi nombre está escrito en el silencio.
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