En una ocasión asistí a un
maratón. Había poco más de quinientos corredores, a cual más de dispares, ya
sea con un cuerpo que denotaba condición física óptima para una carrera de
varios kilómetros, quienes parecía que cargaban con toda una vida de miserias,
los menos en sillas de ruedas o agarrando a sus mascotas con una correa.
Niños,
adultos, mujeres y hombres, todos listos al momento del banderazo, un paso,
tres, cinco, veinte. Primeros minutos y se abalanzaban sobre el camino para
lograr una buena posición. Una vuelta, dos, tres en un circuito con un terreno
accidentado (también para los peatones hay baches que representan un
obstáculo).
Medio
maratón y esos quinientos corredores se convirtieron en pequeños grupos o
personas aisladas que apenas y trotaban porque flaqueó la resistencia. Recta
final y apenas se veían cinco o seis personas que ya desfallecían y en sus ojos
se lograba apreciar la ansiedad por llegar a la meta.
Durante
una hora y media que duró el evento deportivo me encerré en mis pensamientos
porque mi sobriedad no me permitía otra cosa. Y pensé en que la vida también es
una carrera, aunque los tiempos modernos nos han hecho creer que esta carrera
es una competencia y caemos en un esquema de rivalidades con tal de llegar
primero a la tan ansiada meta: la promesa de éxito y memoria, con la
trascendencia que solo otorga el nombre.
En
esa carrera, nos desvivimos por alcanzar la meta desde los primeros pasos, y
aceleramos, corremos con todas las fuerzas esperando que el otro corredor
caiga, se tropiece, baje el ritmo o desista de la carrera. Finalmente es una
competencia y en esas circunstancias también hay quien deja obstáculos para el
camino de quienes van detrás o jalamos la playera del que va delante con tal de
alcanzar nosotros el primer lugar.
Pero
la verdad es que la vida es otra especie de carrera, una donde participan solo
dos corredores: uno mismo y la muerte. La segunda siempre gana, en todas las
carreras. La vida es la pista por la que transitamos: plana, accidentada, con
obstáculos y tramos lisos que agilizan nuestros pasos. Lo entendí ya muy tarde,
cuando corrí más de la mitad de ese maratón.
Pero
lo advertí con el tiempo suficiente para parar en seco. Y aquí me tienen, a
unos pasos de la meta, mirando hacia atrás y hacia adelante, sola, sin alguien
más que me acompañe en este último tramo de la carrera. La muerte hace mucho
que se adelantó a mis pasos y hoy espera que me acerque para cruzar la meta.
Aquí
dentro ya no hay expectativa, pero invariablemente en algún momento tendré que
llegar a esa meta. El último recurso es prolongar mi paso lo suficiente para
contemplar el camino recorrido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario