14 de abril de 2019

104. El entreacto


Hace tiempo no acudo a una obra de teatro. Por lo general me sentaba a media sala, desde donde podía tener una vista panorámica del escenario, pero también apreciar un poco de las reacciones de la audiencia. Pocas representaciones llamaron mi atención y la del público como una adaptación de “La casa de Bernarda Alba”.

         Fetichista en su vestuario, la representación fue intensa y aunque los personajes, todos, eran para roles de mujer, únicamente había una mujer en escena. El resto eran hombres que asumieron una feminidad sobre el escenario y capturaron la atención del público con la fuerza o sensibilidad de sus interpretaciones.
         Traigo esta obra al presente aunque hayan pasado al menos veinte años desde que la vi. Antes se acostumbraba alguna pieza musical o pequeña representación entre cada acto para divertimento y relajación del público, especialmente cuando se trataba de obras dramáticas.
         Parecerían piezas al azar dispuestas para amenizar y mantener al público en su sitio mientras se prepara el escenario para el siguiente acto, pero las cosas no son fortuitas. Muchas de esas piezas son pensadas para relajar a la audiencia luego de momentos de tensión durante el acto previo, relajación que tampoco se disuelve, sino que se afianza y asimila antes de iniciar el siguiente acto.
         En la vida también existen esos entreactos que le dan color a nuestra historia personal. En el tejido de la vida, serían los huecos dejados en el entramado, entre cada puntada, independientemente del tipo de puntada.
         La memoria guarda las puntadas como hechos concretos que se graban más profundo sobre la piel. Los entreactos son esos instantes que ocurren entre esos hechos que trascienden, momentos cotidianos que, aunque no dejan una huella tan profunda, sí dejan un rastro sobre el entramado de la vida y dan forma a nuestro tejido.
         Mis momentos de entreactos, al menos los más vívidos o memorables, son las tazas de café por la mañana, el primer cigarro que enciendo mientras escucho música sentada en la penumbra de la casa, las labores domésticas (cuántos pensamientos se pueden despertar mientras uno lava la losa), abrir los ojos para mirar el gris del techo, incluso los sonidos de la mañana.
         Para muchos, tales cosas no tienen trascendencia en la vida y, sin embargo, son entreactos que construyen una vida. Yo no sería la misma Ofelia sin los pensamientos que me surgen con cada taza de café, con cada cigarro, con cada plato que pasa bajo el chorro de agua, con ese techo gris que se desploma sobre la mirada en cada despertar.
         Y, sin embargo, también los entreactos están condenados a morir en el silencio de mi nombre.

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