1 de marzo de 2019

60. La estulticia


Guillermo de Ockham ya escribió hace más de 500 años un tratado denominado “Elogio de la Locura” para hablar de la estulticia como una especie de estado de gracia en el que la ignorancia podría representar una virtud en un mundo ideal donde la emoción pesara más que la razón. Y aquí es donde vomito de la filosofía moderna sobre la felicidad, el éxito y la realización personal que se aíslan de su entorno basados en la omisión y la mentira a sí mismos.

         La gente inútil (imbécil le llaman otros) pretende hacer ver un mundo en el que razonar está sobrevalorado, acostumbrados a vivir bajo las reglas de un sistema que ejerce control a través de diferentes hilos, como si la humanidad fuera un títere sin un propósito más allá que el ocio del titiritero.
         Reniego del sistema y me ahogo en alcohol porque la realidad me parece insoportable (tanto o más que mi propio esquema de vida no vivida porque no tengo la voluntad para vivirla) y es mejor callar que vociferar sobre todo aquello con lo que no coincido. Es un mundo de locura, mi mundo de locura, que no se ajusta a los hilos del titiritero.
         El alcohol me permite callar mis pensamientos, porque pensar implica cuestionarse con base en múltiples razonamientos que ponen en duda la lógica bajo la cual se rigen las cosas en circunstancias específicas. Y, sin embargo, me dejo llevar por la ignorancia de no querer saber, de negarme a entender y asimilar cómo el mundo en el que he sido insertada cambia y se transforma de acuerdo a los contextos en los que se desenvuelven las realidades que se entrecruzan para mi presente.
         Ignorante vivo sin saber de mí, en un estado de gracia que me permite desconocer (al menos por un momento) todo aquello que representa un estímulo al espíritu y que puede modificar mi visión de mundo. Pero me digo “No”, renuncio a la sabiduría y el entendimiento que solo la estulticia puede otorgarnos.
         No soy una muñeca de trapo a la que han cosido hilos de dominación para ser controlada por un titiritero. Y, sin embargo, sigo siendo una escoria, una ruina, una sombra, humo, niebla, sombra, nada. La Nada que es útil para entender un Todo.
         Renuncio a mí misma para asimilar esto que me habita. Renuncio a la existencia para llegar a ese grado de conciencia donde pueda entender mi finitud a partir de la voluntad y el peso de “ser” y “estar”. Pero “soy” más allá de mi silencio y eso me tortura, porque de haberme entregado a la estulticia y no al alcohol, hoy quizás habría asimilado esta vida a pesar de la renuncia.
         Finalmente mi nombre se volverá silencio. Ni la razón ni la estulticia podrán rescatar mi nombre de las garras del olvido.

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