El inicio de la civilización
surgió con el fuego: cómo iniciarlo, cómo conservarlo, cómo prolongar su
existencia y reproducirlo. En la mitología griega, se dice que Prometeo robó el
fuego a los dioses para entregarlo a la humanidad, acto que le valió una
condena por toda la eternidad.
Tampoco
es casualidad que el fuego también sea el origen de la vida. Pensemos en la
palabra “alumbrar”, que implicaría (entre sus muchos significados) dar a luz o
iluminar; una palabra con fonemas similares a la “lumbre” y que remite
nuevamente al fuego.
Este
fuego ha sido utilizado para dar calor, para la preparación de los alimentos,
para las labores del campo, en diversos oficios que requieren la transformación
de la materia (como la herrería o la alfarería), para poner en marcha complejas
maquinarias, incluso para la salud.
Sin
embargo, el fuego también ha sido utilizado para la destrucción (recuérdese el
gran incendio que inspiraría a Nerón en su aparente locura), para la
purificación de los cuerpos y las almas (pensemos en la Santa Inquisición y sus
miles de víctimas inmoladas o la cremación de los muertos), para los genocidios
e incluso en las protestas contra un régimen (hay tantas revoluciones a través
de la historia que han utilizado el fuego como herramienta para hacerse
escuchar).
El
fuego es uno de los cuatro elementos considerados por la mayoría de las
culturas del mundo como el origen de todo: fuego, agua, aire, tierra. Son
cuatro elementos que también son vinculados con la astrología y la
determinación de rasgos específicos para cada signo según el sistema del que se
trate (normalmente uno se remite al zodiaco).
Pocos
usos le doy al fuego en mi cotidianidad, aunque soy consciente de todo esto que
he escrito. Pensar que el fuego era algo raro hace miles de años y hoy lo puedo
tener en mis manos a través de un encendedor para prenderle fuego a mis
cigarros. A ese grado hemos llegado: cuando lo sagrado se vuelve cotidiano,
pierde su trascendencia y significado especial.
Uso
el fuego para quemar mis memorias ahogadas en alcohol y estas cenizas que
quedan y se acumulan en mi cuerpo también morirán conmigo, en algún punto se
desvanecerán, se perderán con el tiempo, volverán a la tierra de donde vine y
tornarán al silencio del que nunca debí salir.
Pero
las cenizas dejan indicios que no me puedo llevar, indicios que el fuego no es
capaz de destruir, a pesar de su fuerza. Esos pequeños fragmentos son pelusas
en la madeja de vida, que dejaron huella y permanecerán incluso cuando la
madeja vuelva a su forma original cuando suceda lo que ha de suceder.
Pero
el fuego no es un elemento que me determine porque mi nombre también se ha
escrito sobre el agua y llegado el momento, se volverá silencio.
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