3 de marzo de 2019

62. El deterioro


Es bien conocida la expresión “todo por servir se acaba y acaba por no servir”. El uso continuo de los objetos en la vida cotidiana conlleva un desgate natural derivado de la interacción con otros objetos, el tiempo y las circunstancias de uso. Una vez que dejaron de servir al propósito para el que fueron creados, los objetos son desechados. Algo similar ocurre con los sentimientos.

         De la extensa gama de emociones y sentimientos inherentes a la naturaleza humana, estamos tan acostumbrados a utilizar solo unos cuantos que, al cabo del tiempo, se renuevan mientras el resto sufre el deterioro natural por el desuso. No desaparecen ni se renuevan, pero cuando hemos de recurrir a ellos dejan de servir para su propósito y nos afectan.
         Uno de mis sentimientos que se ha deteriorado más es el afecto. He vivido en el aislamiento tanto tiempo que cuando se presenta la ocasión, este afecto deja ver su oxidación, rechina y hace ruidos extraños, como si se forzara demasiado para cumplir su función. Al final no atiende a ese propósito y me deja con una sensación de inutilidad emocional.
         Así he podido explicar mi incapacidad para establecer vínculos con la gente. Sentimientos como el amor, la sororidad, la solidaridad, la empatía, la afinidad o el enamoramiento han permanecido por tanto tiempo en desuso que si los utilizara en este momento, serían más un lastre, un obstáculo para generar esos vínculos deseables con los otros.
         Cayeron en desuso, a pesar de sus bondades, porque en esta vida han imperado otros sentimientos. Vivo el dolor, la angustia, el rencor, el odio, la furia y esa sensación de abyección que me impide conectar con la gente. El autosabotaje no es gratuito. Perpetúa este aislamiento porque de otro modo haría demasiado daño al mundo.
         La gama de emociones que utilizo es mínima, tan poco frecuente para otras mayorías, que esos sentimientos comunes a los otros para mí ya viven en el olvido, oxidados, con herrumbre, cubiertos de una gruesa capa de polvo y telarañas que difícilmente volverán a su función original.
         Contrario a lo que pensarían, esta circunstancia fue una elección consciente y voluntaria. Yo decidí con qué sentimientos me quedaba para la vida cotidiana y cuáles dejaba oxidarse con el paso del tiempo. No era ni es mi interés generar vínculos con la gente. Hacerlo volvería más complicada mi existencia y me alejaría cada vez más del olvido de mi nombre.
         Porque al final de todo, del camino recorrido y las experiencias vividas, esta existencia, mi propio nombre, se volverán silencio.

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