2 de marzo de 2019

61. El pasado


El tiempo es una cosa muy curiosa. Un invento del hombre como sistema de medición y, sin embargo, la vida sería muy distinta si no tuviéramos conciencia del tiempo. Pensar que más allá del pasado, presente y futuro hay otras combinaciones resulta un tanto abrumador cuando asimilas el tiempo en el que te encuentras.

         En el pasado se conjugan la posibilidad y el hecho para tejer memorias que son y hubieran sido, que debieron ser y que nunca fueron. Hay quienes viven una existencia aferrados a un pasado que no pudieron “trascender” (para utilizar los términos de la psicología Gestalt).
         Muchos piensan que nuestro pasado determina nuestro presente y compromete nuestro futuro. Es un pensamiento relativo del cual omitimos los matices. El pasado es otra huella en el camino y uno decide qué indicios dejamos a nuestro paso.
         Mi propio pasado ha sido tejido con hilos de espuma que se desvanecen al cabo del tiempo. Ahí se tejieron memorias ahogadas en alcohol para prenderles fuego en momentos de crisis. Olvidar mi pasado no es negarlo. Implica tomar distancia porque evocarlos en el presente resulta insoportable, sin importar que después salgan a flote nuevamente.
         Es mentira que construimos el pasado con ladrillos de futuro. Son adobes que se desmoronan al cabo de los años y al tomarlos en nuestras manos, se hacen polvo que se filtra entre los dedos y se los lleva el viento. Nada conservamos, incluso las memorias se desvanecen cuando suceda lo que ha de suceder.
         Construí mi pasado con tabiques de mentiras, de fantasía y posibilidad. Un artificio que me permitió extender los confines de mi existencia únicamente para saber hasta dónde es tolerable esta vida sin voluntad de vivir. En el camino he pasado por múltiples experiencias que se van sumando una a una en una cajita empapada en alcohol.
         Debería decir que todo esto que he acumulado rendirá frutos. ¿Con qué objetivo? Todo esto morirá conmigo y la experiencia que resulte no trascenderá porque ese es mi deseo. Finalmente nadie experimenta en cabeza ajena. Podría hablar de este pasado como un entramado de horizontes posibles donde ofrezca otra perspectiva de la naturaleza humana. ¿Para qué?
         Hablaría de mí, de la loba solitaria con pelaje de invierno, que se desprende de sí, de las capas de que le cubren y que ahoga sus memorias en alcohol para prenderles fuego cuando llegue “el momento”. Mi nombre es Ofelia y cuando suceda lo que ha de suceder, este nombre se volverá silencio.

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